
Últimamente hemos cogido la costumbre de aprovechar mi cumpleaños para escaparnos unos días, más concretamente solemos repetir Madrid.
Llegamos por la noche, así que técnicamente el viaje empezó durmiendo. No es una forma especialmente emocionante de comenzar una crónica, pero después de salir del trabajo, coger el AVE y llegar tarde tampoco necesitábamos mucho más.


Nos alojamos en Casa de las Artes y a la mañana siguiente bajamos a desayunar. El comedor es de esos sitios en los que miras más al techo que al plato. Techos altísimos, lámparas, terciopelo, mármol.
Y cuando salimos a la calle apareció otro clásico: el calor.
Empiezo a pensar que lo llevamos en la maleta. En Bélgica nos tocó un agosto bastante más caluroso de lo que esperábamos y en Madrid, ya casi terminando septiembre, volvimos a encontrarnos caminando bajo un sol que parecía no haberse enterado de que estábamos en otoño.
A eso había que añadirle un pequeño detalle: yo llegué a Madrid bastante resfriada.
Calor por fuera, resfriado por dentro. Una combinación estupenda para patearse una ciudad.


Seguimos caminando por Madrid y acabamos en Serrano. Era la primera vez que entraba en el Zara de allí y, como el viaje era por mi cumpleaños, decidí aprovechar la ocasión para hacerme un pequeño autoregalo: un par de conjuntos para la nueva temporada.
Después de tanta caminata y con el calor apretando, llegó un momento en que hubo que parar. Encontramos una terraza, nos sentamos y pedimos unos zumos. No almorzamos porque el desayuno había sido contundente y, además, esa noche nos esperaba una cena especial: otro regalo de cumpleaños, esta vez de mi marido.
Y la verdad, con una cena así en el horizonte, tenía bastante sentido reservarse un poco.

El hecho de que Casa de las Artes tuviera spa fue uno de los motivos decisivos para escoger el hotel. Después de todo el día caminando por Madrid, con el calor y mi resfriado haciendo equipo, nos vino perfecto.
Volvimos al hotel, nos cambiamos y bajamos directos a la zona de spa. Sauna, piscina y un rato sin hacer absolutamente nada, que en ese momento era justo lo que necesitaba.
La sauna, además, me sentó especialmente bien. No diré que me curó el resfriado, pero sí consiguió que saliera de allí bastante más entera que como había entrado.
Nos arreglamos y salimos de nuevo, esta vez con un plan bastante distinto al del resto del día.
La cena era en Ramón Freixa Tradición, uno de los regalos de cumpleaños de mi marido. Después de pasar el día caminando, comprando y entrando y saliendo del hotel, apetecía sentarse sin prisa y dejar que la noche fuera por otro sitio.



La cena estuvo a la altura de lo que esperábamos, pero hubo además un detalle que la hizo todavía más especial: pudimos saludar al chef Ramón Freixa.
Son esas pequeñas cosas que al final se quedan en el recuerdo del viaje mucho más que una lista de sitios visitados.
Y así terminó nuestro primer día completo en Madrid.
No estuvo mal para empezar.