Llegamos a Casa Anamaria Hotel el domingo. Lo había elegido porque reunía justo lo que me apetecía para esa escapada: estar en medio de la naturaleza, poder salir en bici desde allí, tener spa y además cenar en el propio hotel.


Era exactamente el tipo de fin de semana que buscaba.
Dejamos las cosas, cogimos las bicicletas y nos fuimos hacia el Estany de Banyoles.
Las bicis son plegables y eléctricas. Yo todavía no controlo la bicicleta como me gustaría y hay momentos en los que voy un poco tensa, pero cada vez disfruto más y eso ya es bastante.


Fuimos hasta el lago y dimos toda la vuelta.
La ruta es muy agradable. Vas bordeando el estany, parando cuando te apetece, haciendo alguna foto y disfrutando del paisaje sin necesidad de hacer nada más.
El día anterior habíamos estado totalmente centrados en el estany, así que nos apetecía ver algo más.
Entre ir, dar la vuelta y regresar al hotel estuvimos unas dos horas y media.
Cuando volvimos no nos apetecía volver a salir.
Ducha, un rato tranquilos y cena en el hotel.
Y fue un acierto.
Cenamos muy bien y se agradece muchísimo terminar así el día, sin tener que coger el coche otra vez, buscar restaurante, aparcar y volver.




El domingo fue todavía más tranquilo.
Desayunamos sin prisa, fuimos a la sauna y al spa y después, antes de volver a casa, nos acercamos a Banyoles para dar una vuelta por el pueblo.
Paseamos por el centro, por la plaza porticada, vimos la iglesia y estuvimos un rato callejeando.
Y me gustó porque muchas veces vas a Banyoles pensando solo en el lago y casi te olvidas de que también hay un pueblo detrás.

No hicimos una ruta ni intentamos verlo todo. Simplemente dimos una vuelta con calma antes de volver a casa.
Y la verdad es que, para haber sido solo una noche fuera, dio bastante de sí.

Naturaleza, bicicleta, el estany, buena cena, desayuno, sauna, spa y un paseo por Banyoles.
Sin correr y sin intentar llenar cada minuto.
